Honoris causa

La sala de juntas tembló y los profesores del departamento de lengua y literatura enmudecieron, sobrecogidos. No era para menos, pues el portazo había sido tan fuerte que los cristales de las ventanas amenazaron con reducirse a añicos. Incluso unos cuantos exámenes, impulsados por la ráfaga de aire, remontaron el vuelo y acabaron desperdigados por todo el despacho.

Al otro lado de la puerta, epicentro de aquel caos, un anciano revolvía en el bolsillo interior de su chaqueta de tweed. Sus dedos arrugados y temblorosos arrastraron un desgastado pañuelo que usó para limpiar sus gafas con minuciosa devoción. Después, bastón en mano, se encaminó hacia un chiquillo de educación secundaria que aguardaba en un banco cercano con visibles síntomas de inquietud.

Éste es Tomás García:

Un negociador sin rival al que no le gusta discutir. Un ingeniero deslumbrante que prefiere dedicarse a la docencia preuniversitaria. Un hombre con auténticas dotes de liderazgo que ha rehuido toda su vida conceptos como «mandar» u «ordenar».

Doctor cum laude en ingeniería. Jefe de curso. Director de departamento de matemáticas y autor de decenas de artículos científicos publicados en las mejores revistas internacionales. Pero, en su interior, se siente como si no fuera ninguna de esas cosas.

En su interior, aún se siente como un alumno de ochenta y tres años

Él siempre ha defendido que su auténtica educación comenzó el día que se convirtió en profesor e impartió su primera clase. A pesar de sus largos años de vida, lo más importante lo ha aprendido de los estudiantes.

A veces sueña que es un niño. Sueña que aún va al colegio y se sienta tras uno de aquellos pupitres con la mente puesta en un futuro con altas expectativas laborales y personales. Desde la lejanía, observa con nostalgia a su yo del pasado, rebosante de energía y con demasiados planes en la cabeza como para poder contarlos. A veces se siente tentado de contarle a ese niño que la vida tiene la obstinada tendencia a destruir ilusiones y sueños, pero nunca lo hace. Los suyos se cumplieron, pero tal vez en otra vida, con otras decisiones, todo hubiera sido diferente. Era plenamente consciente de que la mina de su lápiz se estaba acabando, pero le quedaba de sobra para poner a sus alumnos en el buen camino. Para que un árbol crezca sano y fuerte, basta con asegurarse de que toma la dirección apropiada. Y eso, más allá de instruirles en las ciencias, era lo que anhelaba para sus alumnos. Chavales como el que acababa de ponerse en pie como un resorte al verle salir de la sala de juntas.

Ve tanto de sí mismo en aquel chico que a veces se le encoge el corazón. La misma ingenuidad. El mismo carácter despistado. Una mente sagaz, pero lastrada por un problema familiar capaz de desviar a cualquier adolescente hacia un precipicio sin retorno posible. El mismo abismo al que él también estuvo a punto de caer y que lo habría cambiado todo.

Un discreto guiño basta para que el chaval sonría al tiempo que rompe a llorar de alegría. De haber suspendido la asignatura de lengua, habría perdido la beca que le permitía estudiar en aquel colegio. Siempre había sido un estudiante modelo, pero aquel trimestre… Con todo perdido, sus esperanzas se habían concentrado en Papá Noel, mote que don Tomás venía arrastrando la última década por su acusado parecido. Y haciendo honor a su apodo, don Tomás había obrado el milagro.

Es muy propio de don Tomás no ser completamente consciente de su auténtico valor en el colegio. Es respetado por todos sus colegas por su perspicacia y experiencia, pero sobre todo porque él siempre es el predilecto de los estudiantes. Los demás profesores tienen clara la razón, pero Tomás aún se asombra de la fe que tienen sus alumnos en él y del crédito que conceden a su inteligencia.

Tomás nunca ambicionó la grandeza o el reconocimiento. No pretende que nadie le vea como una referencia, ni aleccionar a los demás profesores sobre que educar y enseñar son cosas distintas. Él se limita a esforzarse cada día para hacer ambas de la mejor manera posible.

Y sus alumnos lo saben.

Tony J. Puché